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La chica que espera el tren bajo el puente

22 octubre 2009

Es curioso el mecanismo que rige la concesión de ciertos deseos. Mejor dicho, curioso resulta el ritual, el protocolo necesario para la enunciación y solicitud (interna, mental, nunca dicha labios afuera) de la cosa deseada.

Uno no puede ir por la vida pidiendo deseos porque si, hay que ser ordenado. ¿Desea usted recuperar a su gran amor? pues bien, solo debe acodarse en un semáforo y esperar a que pase un auto con moño blanco en el techo transportando en su interior una “novia” con vestido blanco. Ni bien la vea, pida el deseo.

Pongamos por caso que su meta es aprobar matemática, nada más simple: Mírese al espejo concienzudamente hasta detectar una pestaña caída naturalmente (si son forzadas no vale), luego agarre algún amigo que tenga deseos inconclusos, ponga la pestaña en su dedo pulgar con cuidado de no perderla, junte su dedo gordo con el de su amigo mientras piensan en lo que desea cada uno, al cabo de 30 segundos aproximadamente, separe el dedo del de su amigo. El poseedor de la pestaña tendrá su deseo concedido. ¿No es asombrosamente sencillo?

Sin embargo, algo no parece andar del todo bien con estos simples y bien detallados “pasos a seguir” que rondan por allí de boca en boca. Abundan los testimonios de pobres diablos que coleccionan estrellas fugaces caidas a tierra,  llevan 23 años mutilando margarita, pierden fortunas arrojando monedas a las fuentes (tristeza de pobres, alegría de cuida-plazas) o cargan de responsabilidades a inocentes “panaderos” y vaquitas de San Antonio.

Cabe destacar que la lista de quienes fracasaron será siempre mayor que la de quienes lo consiguieron, más que nada por una clara verdad humana: no estamos diseñados para compartir el éxito. La formula ganadora debe permanecer en secreto.

El caso de Margarita Talercio es quizás el más renombrado. A los 21 años, la noche en que su novio la dejó, llorando desconsolada se aferró a la baranda del puente de la estación Avellaneda. A cada tren que pasó sobre su cabeza, Margarita encomendó en silencio el pedido de recuperar a Gabriel Lafuente.

43 años después continúa aferrada a uno de los pilares. Desquiciada, ante la vibración que causa la llegada de cualquier formación grita con fuerza su deseo. Margarita no escucha ya más que su propia petición y la repite conforme al manual. Cumple el proceso a la perfección y aguarda el resultado seguramente satisfactorio. Poco le importa a ella que le repitan una y otra vez que Gabriel se tiró abajo de un tren, en esa misma estación, hace ya 15 años.

(este post esta inspirado en el comentario de la joven Sweet35 -que inspiró otro post- acá)