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La desaparición de las certezas

27 abril 2010

Entre muchas cosas que hizo en su vida, mi viejo era parapsicólogo. Una de sus habilidades era responder preguntas mediante un péndulo. La cosa era masomenos así: te parabas tembloroso enfrente de papá, extendías tu manito, preguntabas algo a tu interior y papá acercaba el péndulo a tu palma abierta. El mecanismo de energía que se desataba a continuación, inexplicable para mi, hacía que el péndulo girara. De acuerdo al movimiento papá te miraba fijo a los ojos y decía: “la respuesta es Si” o “lo que preguntaste es No”. Lo hacía con voz solemne, a veces profunda y a veces bajita. Como sea, siempre se me achicaban los huevos cuando preguntaba.

En mis 29 años consulté al péndulo alrededor de 8 veces. Nunca se equivocó con lo que respondió. Era infalible, dijera lo que dijera la respuesta era una sentencia firme, que mi viejo administraba en su papel de intérprete y depositario de un saber misterioso: poner en funcionamiento el mecanismo de la certeza.

Durante la infancia fue una tentación constante, ante cada encrucijada despertaba pensando en el puto péndulo como salida fácil a tener que decidir. Solo tomaba unos minutos, sin embargo, la respuesta lapidaria me asustaba. En la adolescencia lo evité, me daba miedo que no me guste lo que tenga que vivir o hacer de acuerdo a la contestación obtenida.

Pasaron los años y el péndulo fue cambiando de lugares de acuerdo a las mudanzas, también la distancia con mi viejo hizo que nuestro tiempo privado no se manchara con la necesidad de una respuesta urgente. Papá era papá no la vieja bruja de la esquina.

La verdad,  siempre me encontré al borde de preguntar. Cada vez que veia a mi viejo me daban ganas de saber una verdad más, tener una puta certidumbre acerca de tal o cual asunto. Sin embargo, nunca más hablamos del péndulo. 

Hoy dia no  tengo la más puta idea donde quedó ese cairel de la antigua araña que coronaba el comedor de la casa de mi bisabuela, transformado por artes y saberes en un aparatejo de la verdad absoluta.  Igual, sirve de consuelo pensar que tampoco se muy bien como encontrar respuestas tan contundentes.

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Una estupida pintura costumbrista…

19 abril 2010

En el subte, un pibe lee uno de los tres de Stieg Larsson, le falta poco para el final y lee con ganas, sosteniéndose como puede. Lee con avidez, lee concentrado. Lo felicito internamente, quiero meterle mano a la saga milennium desde que la vi, sin embargo, el precio es demasiado para tres libros de morondanga.

Estoy apoyado contra la puerta, miro distraído los fogonazos de luz que a intervalos  cruzan delante mío. Desde chico me encantan esos manchones blancos, me tranquiliza su regularidad. Las primeras veces que viajé en subte, recuerdo, no podía mirar hacia afuera. Me asustaba el ruido y me daban pánico las víboras (cables) que surcaban las paredes. Sin embargo, no podía dejar de mirar las luces, son tan perfectas…

Enfrente mío un pibe onda piola vago clava trance al taco, cierra los ojos despacito, imagino que imagina, sueña o revive alguna fiesta pasada. Linda forma de empezar el lunes.

En Callao una minita con botas altas sube con un vaso de plástico de starbucks. La odiamos, mucho, sobre todo porque mis pretensiones de desayuno se esfumaron poco tiempo atrás cuando me enteré que anoche en el Hospital se cayó un ascensor, hay gente herida y medios preguntando.

No va a ser un día fácil, va a ser lunes.

Holden Caufield`s way of life

11 abril 2010

“…Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamente eso. Sólo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arco iris de la gasolina. Vamos, que siempre pasaba algo que te hacía diferente. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría….”

J.D. Sallinger – The Catcher in the Rye

Sale el sol. Felices pascuas.

6 abril 2010

En el baño del vip un pibe con muchos músculos y sin remera aspira merca mientras se sacude la pija después de mear. Me mira por el espejo con cara de androide, intento develar si hay lujuria debajo de sus ojos,  devuelvo la mirada pero no se qué dice mi cara.

Por detrás mio pasa un modelito viejo conocido -cara de una marca de ropa con terminología de rugby- que es literalmente devorado por un nn que lo empuja a uno de los cubiculos. 

Salgo del baño y me tiro en los sillones de la antesala, de fondo escucho a Ce y a nuestra Pibito que emulan alguna escena de Esperando la Carroza.  Las Pibitos tuvieron una pelea fea esta noche, Ce les pidió que se dejen de romper los huevos y sean hombrecitos. “Dejen para mañana lo que pueden discutir hoy”. Gran frase. 

Antes, mucho antes se me escapo algo como “Esto no es ser, es estar”. Se lo digo a Pe y me mira y sonriendo me da la razon. Yo le doy las gracias por los precintos, una vez mas. Pe es un buen amigo, una excelente persona. 

Cuando la chica de la  Pibito dejo de putear y se fue, aparecen de la nada dos botellas pequeñas de champagne y otro speed con vodka. Un pibe de La Plata –que no sabe que yo se quien es ni que un par de años atrás concursaba en un tonto certamen de fotologs del cual era yo jurado- me alienta a bailar electrónica como Moria Casán mientras yo le grito a mis amigos que me pasen el trago o un arma, lo primero que encuentren. 

Gana terreno la botellita de espumante y yo pierdo la cabeza. Al salir me doy cuenta que también perdí la cara y el nombre del  chico con remera a rayas verdes y blancas que me regaló unos besos muy cool -solo se que era de quilmes. no es de mucha ayuda ¿verdad?- y que además anoté mal su teléfono. Mientras me lo dictaba, me llegó un sms de Ce que decia que habia rescatado a Pe de la oscuridad al fin y que mejor nos fueramos.